Creía que se trataba de una criatura mítica de la posguerra, uno de esos males sufridos por los antiguos, por sus pocas medidas de higiene

Subí la escalera intrigado, no funcionaba el ascensor y el rellano de cada piso había sido sembrado con clavos de olor. Una puerta en concreto estaba tapiada con tiras adhesivas de color negro, y en ella habían plantado un aviso de una empresa de desinsectación. Al llegar a mi destino me lo explicaron, habían sufrido un conato de epidemia, los vecinos estaban muy alarmados. ¡Chinches!, repetía mi anfitrión, como si fuese inconcebible.

Al llegar a casa, aún me esperaban más sorpresas. Buscando información en el ordenador leí que, hace unos meses, los técnicos de servicios sociales de Barcelona denunciaron la aparición de chinches en diversos domicilios de la ciudad. En la prisión Modelo, un funcionario de prisiones solicitó la baja tras sufrir 700 picaduras de estos bichos. Según la Asociación de Empresas de Control de Plagas de Cataluña (ADEPAP), en los últimos años se ha detectado un incremento del 70% en intervenciones relacionadas con las chinches. En mi ignorancia, creía que se trataba de una criatura mítica de la posguerra, de la que hablaba mi padre cuando me contaba su mili. Uno de esos males sufridos por los antiguos, cuando desconocían las medidas de higiene.

Gracias a su minúsculo tamaño, este hemíptero lleva siglos alimentándose de nuestra sangre. Al principio, el humo o cubrirse de barro fueron los únicos sistemas conocidos para librarse de sus picaduras. En la Antigüedad se usaron infusiones de vinagre, limón o hierbas. En Barcelona se documenta un culto muy importante a san Ponç, abogado contra las chinches y otros parásitos.

A mediados del siglo XVIII era muy común ahumar las casas, dejando arder en un brasero una onza de gálbano y otra de asafétida. Otro remedio era hacer una pasta con azogue y clara de huevo, y untar con ella las camas. En El Correo de 1829 se recomendaba el espíritu de alquitrán, aplicado con pincelito a los muebles. Dos años más tarde informaba de la llegada a la capital catalana de “una partida de chincheras”, que atraían a los insectos hacia su muerte.

El triunfo de la chinche se produce con la expansión de la urbe industrial, superpoblada y sucia. Así, en El Constitucional de 1841 se aconsejaba no retirar las telarañas, pues se había observado que allí donde abundaban las arañas no había chinches.

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Y en El Áncora de 1853 se publicitaba un producto infalible contra ellas, que se vendía en la calle del Carmen a cuatro reales el frasco. El anuncio aseguraba que no era necesario desmontar ningún mueble, y ofrecía ocho reales a quien pudiese demostrar lo contrario. Dos años después, el mismo diario recomendaba esparcir algarrobas por el piso, aunque lo más habitual era usar trementina.

Poco a poco, los remedios populares dieron paso a los insecticidas con fórmula. En 1858, el diario La Corona anunciaba los polvos Vicat, un producto francés cuyos fabricantes tenían depósito general en la calle de la Petxina y tienda “en el salón de limpiabotas del señor Bernabé” de la Rambla.

En 1866, El Lloyd Españolpromocionaba el producto británico Bug’s Water, “agua destructora de los chinches y sus crías”. Casi veinte años más tarde, todas las farmacias de la Vicente Ferrer y Compañía distribuían el afamado insecticida Rough on Rats, que decía acabar con toda clase de insectos y roedores. Mientras, en la Fonda de Europa de la calle Boqueria se vendían las pastillas Mata Chinches, que “si a las doce horas no se hallan muertas se devolverá el dinero”.

La llegada del siglo XX generalizó los insecticidas industriales. En 1912, Lisol destruía “cucarachas, chinches y malos gérmenes”. Poco después llegaba el vaporizador Pou, “patentado en España y extranjero”. Y el Akantrol, “premiado en todas las exposiciones de higiene”. En la década de 1920 se pusieron de moda las empresas de desinfección a domicilio, y en la de 1930 se conocía despectivamente a las obreras fabriles como “chinches de fábrica”. Por entonces se llevaba el Texpicmaso, un invento alemán que se vendía en ferreterías. Competía con el insecticida Mundial, los Conos Fumíferos o el Vulcan Gas.

En aquellos años ya eran muy populares el Zotal, y el insecticida Orion, marcas ambas que marcaron toda una época. Aunque el gran insecticida anterior a la Guerra Civil fue el Flit, creador del verbo “flitar”, fabricado por Busquets Hermanos en sus laboratorios de la Gran Via. De todos ellos circulaban falsificaciones que se vendían a granel.

La miseria y el hacinamiento de la posguerra, en cuarteles, prisiones y domicilios, convirtieron chinches, piojos y ladillas en molestos vecinos. Frecuentaban la anea de las sillas, el papel de la pared y sobre todo las camas, que se protegían poniendo latas de gasolina en cada pata y prendiéndole fuego. No fue hasta acabada la II Guerra Mundial que llegó el DDT, un remedio tan eficaz como peligroso. Desde entonces, todas las marcas alardearon de llevarlo en su fórmula.

Uno de los programas de humor más populares de la radio lo patrocinaba Fogo, “el insecticida que siempre mata”. Pasaron las plagas, murió el dictador, y creímos que los parásitos domésticos no volverían. Pero según leo, el auge del turismo está favoreciendo su reaparición en todo el mundo. Las chinches, tan modernas como nosotros mismos, se están adaptando a la globalización.

FUENTE:CCAA.ELPAIS.COM

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